Arquitectura del Sentido
La imaginación es el laboratorio del futuro
Los sueños y las semillas tienen algo en común.
Lo importante no es lo que son.
Lo importante es aquello que pueden llegar a ser.
Durante mucho tiempo pensamos que imaginar era una forma elegante de escapar de la realidad. Crecimos escuchando que había que "poner los pies sobre la tierra", como si la imaginación perteneciera únicamente a los niños, a los artistas o a quienes todavía no habían entendido cómo funciona el mundo.
Y, sin embargo, toda gran transformación de la humanidad comenzó exactamente ahí.
En la imaginación.
Antes de existir, las ciudades fueron dibujos.
Las catedrales fueron bocetos.
Los derechos humanos fueron una idea que parecía imposible.
La democracia fue una conversación.
La abolición de la esclavitud fue un acto de imaginación moral.
La vacuna fue una pregunta.
Todo futuro nace dos veces.
Primero en la imaginación.
Después en la realidad.
Por eso me gusta pensar que la imaginación es el verdadero laboratorio del futuro.
No porque invente fantasías.
Porque ensaya posibilidades.
Eso fue lo que comprendió Ernst Bloch cuando dedicó su vida a estudiar la esperanza. Para él, la esperanza nunca fue una espera pasiva. Era una fuerza creadora capaz de orientar la historia hacia aquello que todavía no existía.
La esperanza necesita un vehículo.
Y ese vehículo es la imaginación.
La imaginación camina antes que nosotros.
Explora caminos que todavía no existen.
Ensaya mundos.
Construye puentes invisibles entre lo que somos y aquello que podríamos llegar a ser.
Tal vez por eso el amor siempre ha sido profundamente creativo.
El amor funda familias.
Levanta escuelas.
Escribe poemas.
Construye hospitales.
Planta árboles cuya sombra nunca alcanzará a disfrutar.
El odio, en cambio, casi nunca crea.
Puede destruir una biblioteca.
Pero no escribir un libro.
Puede incendiar una casa.
Pero no construir un hogar.
Puede derribar un puente.
Pero nunca imaginar el primero.
Quizá por eso la esperanza y la creación siempre caminan juntas.
Y ahí los símbolos adquieren una dimensión completamente distinta.
Durante siglos pensamos que servían para conservar memoria.
Pero hacen algo más.
También anuncian posibilidades.
Una semilla nunca habla solamente de un árbol.
Habla de un bosque.
Una puerta nunca representa únicamente una entrada.
Representa la posibilidad de cruzar.
Un puente no une solamente dos orillas.
Hace imaginable un encuentro que antes parecía imposible.
La luz nunca ha sido únicamente luz.
Desde el comienzo de la humanidad ha sido orientación.
Los símbolos no solo conservan lo que fuimos.
Custodian aquello que todavía podemos llegar a ser.